¡Tus gestos llegan a sustituir las palabras!

Ya es sabido que al relacionarse, las personas emplean la comunicación verbal y la no verbal. Esta última aduce ciertas conductas paralelas o alternativas al comportamiento verbal, cuya función es transmitir información.

En los años 80, se abandonó la hipótesis de un lenguaje no verbal, para sustituirla por una visión del comportamiento no verbal, que entiende éste como una conducta informativa o comunicativa, distinta al lenguaje verbal en lo que tiene que ver con sus elementos y estructura.

Dentro del comportamiento no verbal hay categorías; una de ellas es la kinesia. La misma integra todas las expresiones corporales, desde un aplauso o levantamiento de cejas hasta el modo en que el individuo se toca a sí mismo o interactúa con los objetos.

Se trata de todos los gestos, posturas y expresiones faciales escenificadas al hablar. Por ejemplo, una persona le demuestra a otra su grado de interés en lo que le está comunicando cuando inclina su cuerpo hacia ella, toma asiento cerca, tiene los brazos abiertos o relajados, sonríe o asiente con la cabeza.

Es vital señalar, como parte de esta categoría, a los gestos. Definitivamente, son aspectos destacables del comportamiento no verbal, puesto que establecen una relación entre éstos y los estados emotivos, atribuyéndoles un significado o analizando sus funciones respecto a la comunicación verbal.

El gesto se define como un movimiento o disposición de las manos, del rostro, de las extremidades o de otras partes del cuerpo, que son utilizados para establecer comunicación con otros seres humanos en relación directa e inmediata.

Resumidos, los gestos principales son:

Los emblemáticos

Se emiten de forma premeditada, con un significado específico y muy claro. El gesto simboliza una palabra (o conjunto de ellas) lo suficientemente conocidas. Pueden traducirse en palabras, por ejemplo: agitar la mano en señal de despedida, decir “no” con la cabeza, o “ven acá” con las manos.

Los ilustradores

Siguen a la comunicación verbal vocal, ilustrando el contenido del mensaje o su entonación. Su relación con el lenguaje es estrecha. Se emiten de modo consciente e incluso intencional. Algunos, por ejemplo, amplifican el contenido de la comunicación al indicar relaciones espaciales o delinear formas de objetos. Por ejemplo: mover las manos de arriba a abajo, como “aleteando”, para indiciar “mucho” o “muy lejano”.

Los reguladores

Buscan regular la sincronización de las intervenciones en el diálogo, o sea, controlar la interacción en la que se produce la comunicación verbal. Ellos mantienen el flujo de la conversación e indican a quien está hablando si a su receptor le interesa lo que dice o no, si quiere intervenir o interrumpir. Un caso puede ser dar toques en el aire con la palma de la mano abierta para frenar al interlocutor.

Los adaptadores

No son intencionales y se utilizan con fines de autorregulación en diversas situaciones del diario vivir. Los adaptadores pueden ser dirigidos a otros, a objetos y auto-adaptadores.

Los primeros forman parte de estrategias de interacción elemental, como el cortejo o el ataque. Ejemplo: ajustarse el nudo de la corbata etc. Los segundos con partes de conductas relacionadas con elementos del entorno que se repiten a veces fuera de contexto. Los últimos indican manipulación del cuerpo, en especial del rostro, y están relacionados con el cuidado del propio cuerpo o su adaptación a ciertas condiciones del ambiente.

En efecto, con los gestos y posturas se llega incluso a sustituir la palabra, amén de que para algunos ésta sea el foco de atención. Lo innegable es que los movimientos de manos, piernas, así como las expresiones faciales y formas de actuar revelan mucho… con frecuencia más de lo que el emisor quisiera.

Zona E – Listín Diario

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